Resulta que una hermosa tarde de agosto y sin siquiera esperármelo, ella me echó; me echó por obvias razones, con fundamentos y sin que pudiera defenderme de las acusaciones. ¿Cómo el amor me engañó?, ¿cómo me encegueció de esa manera? Tan torpe se vuelve uno y no se da cuenta, hasta que madura o cree hacerlo y diez años después te dicen “¡Vete, vete y no vuelvas más, estoy harta de tus mentiras y tus irritantes excusas! ¡Ya es hora de que ella se haga cargo de su papel en esta historia, ya no quiero volver a verte!” Y es ahí donde uno se pregunta ¿Por qué me dejé convencer por ella? ¿Por qué deje que pusiera todo a su nombre? Pero eso no era lo peor de todo, lo peor era que no tenía a donde ir…

Esa tarde deambulaba por aquella calle oscura y extrañamente desconocida para mí, -como si ya no perteneciera a ese lugar- y sin saber hacia dónde iba, trataba de recordar a quién conocía en esa bendita ciudad, y con mi bagayo al hombro camine sin hado…
Nadie. Ningún amigo, ningún familiar o alguien a quien recurrir en esos casos. No tenía a nadie, estaban muy lejos; yo los abandoné aquel día cuando me vine a vivir a la ciudad con el “amor de mi vida”. Recuerdo mis aires de grandeza y fanfarria al despedirme de todos ellos, por eso no podía volver ¿Qué excusa hubiese dado? ¿Que ella me había engañado y convencido de no volver jamás? No, no podía hacerlo, ya no tenía vuelta atrás.
Busqué algún lugar provisorio para alquilar y poder pasar unos días hasta que pudiera recuperar algunos muebles y comenzar mi nueva vida sin ella.

Caminé hasta alejarme un poco de la zona céntrica, con la intención de conseguir algo más económico; increíblemente no vi ningún cartel ofreciendo hospedaje. Recuerdo que ya estaba cayendo la tarde y la noche arremetía con ímpetu, eso me generaba un síntoma de pavor, como si internamente supiera que no podría encontrar el asilo de ningún buen samaritano, pero entonces como un regalo divino vi un cartel al final de la calle, me dirigí a él e indefectiblemente leí: “Se ofrece cuarto por día, consultar aquí, Sra. Ofelia”.
El cartelito estaba muy estropeado, con una caligrafía que parecía la de un niño, me resulto amigable y hasta diría que gracioso. Como no tenía muchas opciones y ya estaba oscuro, comencé a llamar a la puerta con una sombra de sonrisa en la boca, pero nadie salió…llamé de nuevo y nada ocurrió…golpeé más fuerte la puerta, pero nada cambió. A dos metros de la entrada había una ventana y me asomé para mirar hacia el interior de la casa, pero no pude ver mucho, sólo los bordes de lo que parecían ser muebles; estaba muy oscuro.

Empecé a llamar de nuevo desde la ventana, pero esta vez grité el nombre de la dueña, ¡Sra. Ofelia! ¡Sra. Ofelia! Entonces sí, vi cómo desde el fondo de la oscuridad venía apareciendo una pequeña luz, que se iba agrandando y que iba iluminando cada vez más la habitación y el contorno de lo que parecía ser la dueña de la casa. De un salto me dirigí a la puerta y en ese instante ésta se abrió, no sin antes soltar un sonido hermético y seco, como si la misma no se hubiese movido desde hace mucho tiempo. De las penumbras emergió una simpática y regordeta anciana, la cual tenía un pequeño candelabro en su mano derecha y sin perder el tiempo me consultó qué deseaba. Le pregunte si tenía la habitación disponible y cuánto me costaría alquilársela. A esto se quedó callada sin emitir sonido alguno, mirando de lado como pensando en algo que hacer o como si no supiese que responder. Estuvo así unos segundos que parecieron eternos, pero de repente volvió en sí y me dijo el valor; debido a lo ridículamente bajo de éste, le dije que si sin siquiera esperar a que terminase de hablar. Siempre había tenido buen ojo para los negocios y esa oferta era imposible que se me escapase.

La Sra. Ofelia, con una sonrisa en los labios, me invitó a pasar y mientras cerraba la puerta como a la pasada me comenta que hacía un tiempo largo que no tenía luz y que en realidad no recordaba si alguna vez había tenido, le dije que no tenía problema por la falta de luz eléctrica ya que solo pasaría un par de noches en su casa y luego me marcharía.
La dueña de casa comenzó a adentrarse en la oscuridad del pasillo y con una voz apenas audible me invitó a seguirla. Llegamos al fondo del pasillo, abrió la penúltima puerta y dijo: ¡Este será su lecho! Debo admitir que la palabra y la entonación con la que la dijo hicieron que se me erizaran los pelos de la nuca, como cuando éramos pequeños y un perro callejero salía de su escondite y ladraba a dos centímetros de tus tobillos, así me sentí en ese momento. Pero automáticamente comprendí que una persona tan anciana todavía utilizaba ese tipo de palabras que ya estaban fuera de moda o que ya no se utilizaban más. Después de que me encendió el candelabro que estaba en la pequeña mesa me deseó buenas noches y tras su salida la puerta se cerró sola; recuerdo haberle echado la culpa al viento.
Cuando ya estuve solo y sin la presencia de la hipnótica Sra. Ofelia, examiné la habitación detenidamente y dos cosas me llamaron poderosamente la atención: La primera fue que no había ventanas, aunque se sentía una brisa fría. Y la segunda y la más inquietante fue el ropero frente a los pies de la cama; era muy antiguo, parecía de una madera muy dura y longeva pero además era muy grande para el pequeño cuarto en donde estaba confinado. Se veía tan alto que diría que en cada puerta podría entrar una persona parada y no cualquier persona, sino una de contextura grande, para colmo el mueble tenía cinco de estas puertas. La más llamativa era la del centro que tenía un espejo de cuerpo entero, el cual me hacía pensar en una vieja novela de terror de la cual nunca recordaba su nombre y que hablaba de mundos paralelos y antónimos a los nuestros, cuyas entradas a esos lugares eran los espejos; habría que definir cuál de los mundos era el normal pero no me pareció el momento.
Evité mirar en todo momento el ropero y me recosté en la cama para poder dormir un rato, pero no podía hacerlo, sentía que desde el fondo oscuro del espejo algo o alguien me observaba. Claro que sabía que no era así, pero la sensación era tan fuerte que decidí taparlo, tomé una de las mantas de la cama y trabando sus esquinas superiores con la puerta cubrí el cristal. ¡Ahora si podré descansar! pensé, apagué la vela y me tapé con la manta que quedaba.

Pude dormir, pero muy intranquilo, intermitentemente y con la sensación de que siempre estaba despierto, como si estuviera presagiando algo que todavía no comprendía pero que sabía que iba a suceder.
Un ruido me sobresaltó, me desperté confundido y busqué el origen. Me pareció como a madera retorciéndose, o a una especie de puerta abriéndose y lo que es peor, en contra de su voluntad, como si dos fuerzas opuestas la sometieran a una presión que ésta no pudiera soportar. Instantáneamente mi cerebro llevo mi vista hacia el tenebroso mueble y lo primero que vi me dejó estupefacto; la manta que cubría el cristal estaba totalmente rasgada, como si una gran garra le hubiese asestado un zarpazo. Me paré y empecé a acercarme para examinarla, y a medida que me aproximaba al ropero mis piernas comenzaron a temblar; dudé en seguir acercándome, me sentía muy raro. Como si desconociera el lugar o como si las cosas ya no estuviesen en donde estaban, lentamente dirigí mi mano a la manta y al intentar tocarla mis dedos chocaron con el espejo…

No podía entender lo que ocurría, recordaba claramente haber colocado la manta sobre el cristal para taparlo y no dentro del mueble. En ese instante mi mente retorció a mi cuerpo de espanto y me hizo comprender que la manta que estaba mirando estaba dentro del reflejo, no del ropero… retrocedí apresuradamente, choqué con la cama y caí de espaldas sobre esta, y tiritando de miedo empecé a gritar y a llamar a la Sra. Ofelia, pero ella no apareció. Seguí llamándola, pero nadie cruzó el umbral, me puse de pie de un salto y corrí hacia la puerta, intente abrirla tomando con fuerza el picaporte, pero ésta se negó a obedecerme. Desesperadamente seguí llamando a la Sra. Ofelia, pero ella no acudió y noté que mi llamado no era más que una súplica llorosa…

Giré enloquecido y muy nervioso, miré de nuevo al cristal y en él vi el reflejo de la cama, pero increíblemente había alguien durmiendo en ella. Observé mejor y con lágrimas en los ojos… me vi ahí. De repente en el reflejo se abrió la puerta de la habitación y con movimientos apresurados y grotescos entró un ser como nunca imaginé, tan repugnante que ningún humano debería verlo jamás, ya que tal aberración no puede describirse sin antes retorcerse en un rictus que congele el corazón y que no permite que la mente se exprese. Lo único que puedo decir es que aquello se abalanzó sobre el cuello de mí yo en el reflejo, y fue tal la desesperación con la que me abordó que no hice otra cosa que estremecerme y caer abatido contra el cristal. El estruendo advirtió a la entidad y ésta, extendiendo algo que parecía una garra me atacó, pero su golpe se estrelló contra el espejo, el cual no sufrió daño alguno, pero si terminó de destrozar la manta. Ladeando su amorfa cabeza, me miró desde unas cuencas vacías y pareció notar que no podía acudir a ayudarme, entonces la aberración giro sobre sí y con sorna retomó su trabajo sobre mi garganta. Entonces con gran pavor observé como eso me succionaba la vida y en un reflejo muscular vi mi pierna izquierda elevarse y mantenerse así unos segundos para luego caer inerte.

De repente escuché golpes en el exterior, estaban llamando a la puerta de calle. Luego gritaron un nombre, afiné la audición y escuché a alguien llamar a la Sra. Ofelia en dos oportunidades.
La criatura dejó mi cuerpo, se enderezó, avanzó hacia la puerta y la abrió, tomó un candelabro encendido del pasillo y se dirigió a la puerta de calle. Yo con espasmos de terror y muy tembloroso, esperé a que la deformidad la abriera para poder gritar y pedirle ayuda al visitante, pero cuando vi a la persona que llamaba a la puerta, lo único que pude hacer fue llorar.
Me vi hablar con la criatura y después de unos momentos entraron a la casa, mirándome a mí mismo me di cuenta de que la Sra. Ofelia nunca me había preguntado cómo me llamaba y dirigiéndose a la habitación comprendí que nunca le interesó saberlo…

FIN

By: Ariel el Morador

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3 Replies to “Cuentos cortos | La Sra. Ofelia”

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