Relatos de Horror, La Morgue.

Jamás podré olvidar aquella noche, lo que viví en esas horas me marcó por el resto de mi existencia, el solo hecho de comenzar a contarlo hace que balbuceé y me ponga a tiritar… lo que me sucedió es tan inverosímil que no los culparía si no me creyeran.
Pero necesito contarlo y lo haré desde el principio…

Éramos una pareja joven y con una bella niña que criar; nuestros ingresos no cubrían todos los gastos que nuestra familia requería en aquellos años y decidimos que yo tomase un trabajo extra de medio tiempo, para así poder solventar nuestros pasivos; en aquellos años yo trabajaba de tarde así que el empleo que debía tomar debería ser por la noche o por la mañana. Luego de algunas semanas de buscar algo acorde a los horarios que tenía disponible, me contrataron en un hospital de un pequeño y muy antiguo barrio pero que no estaba lejos de mi hogar, el viaje en tren no superaba los treinta minutos. El trabajo era de vigilador del turno noche, de una a seis de la mañana. Estaba muy contento ya que solo eran cinco horas, esto me daba tiempo para poder dormir un poco más por la mañana y luego cumplir con mi trabajo de la tarde.

Las primeras semanas fueron normales, nada raro fuera de ver a los pacientes que llegaban a emergencias con múltiples cortes, puñaladas, heridas de balas y todo tipo de fracturas que jamás hubiese imaginado y digo normales porque al tercer día me había dado cuenta que eran cosas típicas en emergencias; fuera de las cotidianidades nocturnas, lo demás fue aprenderme los recorridos que tenía que realizar todas las noches a cada hora.
Con el paso de los días fui conociendo a los enfermeros y doctores del nosocomio, con quienes comencé a tener una relación laboral muy amena, con el único que no pude amigarme fue con Gabriel, Jefe de Cirujanos del hospital.

Gabriel generalmente trabajaba de noche, cosa que me parecía muy rara, ya que él era jefe y si yo fuese jefe no me verían nunca a esas horas, pero supongo que él tenía sus motivos para no dormir por las noches. Además de ser un búho ( así lo llamábamos a sus espaldas) él era muy ordenado y muy taciturno, no le gustaba tener compañía, siempre trataba de estar solo incluso cuando comía no quería compartir la mesa, nadie le agradaba y como rápidamente me percaté, yo tampoco le caí en gracia y aunque era recíproco, traté de que no interfiriese en mi desempeño, pero confieso que en más de una oportunidad deseé golpearlo muy fuerte en esa desgarbada cara suya.

Supongo que yo no le agradaba porque cada vez que me pedía que revisara La Morgue, le contestaba que todavía no era el horario para hacerlo y que cuando tuviera que ir lo haría, yo si lo odiaba por esto, no soportaba ir a cada hora a revisar ese maldito freezer gigante, sabía que era mi obligación, pero a él ¿Por qué le preocupaba tanto que no me olvidara de revisar la morgue? nadie se escaparía de ahí, nadie se pelearía con el otro y por sobre todo nadie robaría nada; pero Gabriel era muy insistente y siempre se tenía que hacer cuando a él se le ocurriese y además sin comentar el porqué de la urgencia. Recuerdo que una noche le comenté esto a uno de los enfermeros y él queriéndome asustar me dijo que Gabriel escuchaba ruidos en la morgue y que por eso siempre pedía que revisaran el lugar; entendí el chiste y con una sonrisa fingida le contesté que era lógico, pero él no sonrió y esto me dejó intranquilo.

Las noches siguieron iguales a las anteriores, todas sin nada que comentar, pero aquella en particular fue la que destrozó mi psiquis, recuerdo que Gabriel acudió a mí con la cara muy pálida y sin poder pronunciar bien lo que quería decir, solo le entendí dos palabras de todo lo que disparó, morgue y risas; fingiendo despreocupación le comente que había ido a revisar diez minutos antes y que todo estaba bien pero Gabriel enérgicamente me pidió que fuera de nuevo, mire el reloj, eran las tres y cuarto de la madrugada, fingí como que no me importase pero la hora no me agradaba en lo más mínimo y con toda la parsimonia que pude encare las escaleras que llevaban al subsuelo donde estaba la morgue, baje los últimos peldaños lo más despacio que pude y prestando atención para tratar de escuchar algo, aunque a su vez en silencio rogaba al cielo no escuchar nada, Gabriel me seguía varios escalones arriba. Luego del largo pasillo llegamos al recinto e intente abrir la puerta, pero esta no cedió y cuando iba a intentar de nuevo una mano muy blanca me tomó del hombre y dijo, “toma la llave…”, después de casi morirme del susto gire y le quite la llave a Gabriel, la introduje en la cerradura le di las vueltas pertinentes y muy lentamente empuje la puerta, esta se resistió al principio por la compresión del aire helado que quería salir pero luego se rindió ante la presión, automáticamente se encendieron las luces y estas develaron seis camillas, cuatro de ellas ocupadas. Los inquilinos no eran visibles, todos ellos estaban cubiertos con sus mantas mortuorias…

Sin darme cuenta y a pesar de la alta luminosidad del lugar encendí mi linterna, supongo que debido al estupor que me generaba invadir esos lares, el cual lo creía como de otra dimensión, como si tales lugares no pertenecieran a este mundo. Mirando las camillas sin aproximarme y apuntando con la linterna dije en voz alta, “todo en orden salgamos…” y entonces sucedió lo peor que podía pasar… las luces se apagaron y con el corazón hecho piedra cuasi error de alquimia giré hacia la puerta, pero con perplejidad en los ojos vi como esta se cerraba, vi como la luz del pasillo era expulsada progresivamente del marco hasta que se oscureció totalmente.
Queriéndome tranquilizar me dije “aún tengo la linterna” y con el haz de luz apuntando a la puerta quise girar para constatar ridículamente la mortandad de los ocupantes, pero el solo hecho de pensar en la remota posibilidad de que sus estados pudiesen haber cambiado me paralizó.

Sin moverme le hable al Doctor, “¿Dr. Gabriel qué ha ocurrido, un apagón? ” pero este no contestó. Sin repreguntar tomé el pomo de la puerta, lo giré y tiré hacia dentro, nada la puerta no cedió, estaba encerrado con los óbitos. Entonces enloquecí, desesperadamente intenté abrir la puerta a la fuerza con puñetazos, patadas, gritos, pero nada, la puerta no abrió; el enfermo doctor me había dejado encerrado.

Seguí gritando para que alguien me rescatara de la morgue, pero nadie acudió, volví a gritar y escuché un sonido que me hizo temblar bruscamente desde los tobillos a la nuca, me pareció haber oído un “shhh …” Como si alguien pidiese silencio, gire lentamente y alumbre todo el putrefacto lugar, pero no había nadie, solo los cinco cadáveres cubiertos con sus mantas. Apuntando aleatoriamente los fui examinando uno a uno y mientras lo hacía sentí una punzada de dolor en la cabeza que fue como una alarma o advertencia de que algo no estaba bien con las matemáticas y esta me recordó que los cuerpos en la morgue eran cuatro… ¿Entonces por qué había cinco camillas ocupadas, el Dr. Gabriel me estaría jugando una broma? La única manera de saberlo era revisarlos, quitar las malditas mantas, examinar sus rostros y ver quién era el quinto no vivo del cuarto.
Mi mano derecha enfundaba la linterna como si esta fuera un arma muy poderosa y mi mano izquierda estaba preparada por si fuese necesario para sacar el gas pimienta que tenía en el cinturón. La inutilidad de mis armas me sacó una mueca de inconformidad del rostro.

Me acerque a la primera camilla y apuntando a la cabeza del cuerpo quite la manta muy despacio, no porque así lo quisiese si no porque no podía hacerlo más rápido, mi mano no me obedecía; vi yaciendo a una anciana y entonces recordé que los cuatro fallecidos que habían ingresado ese día eran cuatro ancianas que pretendían pasar un fin de semana juntas en una cabaña, pero no pudieron llegar al destino por que tuvieron un terrible accidente automovilístico o por lo menos eso era lo que decía el informe de la recepción. Seguí examinando los cuerpos, el segundo otra anciana pero con el rostro totalmente desfigurado, el tercero también pertenecía a otra anciana, pero esta tenía los ojos abiertos y en dirección a mi hombro derecho como si estuviese tratando de mirar algo que estaba detrás mío, su boca semiabierta y con un rictus de horror en su semblante, esta debió ser la que manejaba pensé y la volví a cubrir, me quedaban dos y el terror subía cada vez más, sentí que la nuca me temblaba, cuando me aproximaba a la cuarta camilla escuche un golpe y luego algo como un chapoteo, aterrorizado apunte hacia el ruido y vi que algo se metía tras la puerta de un bajo mesada… Contuve como pude el grito que venía de mis pulmones tapándome la boca con ambas manos y quedé petrificado, sabía que tenía que revisar el mueble pero al volver con el haz a las camillas que aún faltaban requisar me aterró ver que solo una estaba ocupada y la que fuese en su momento la quinta tenía la manta a medio caer.

En un ridículo acto de valor me aproxime a la cuarta camilla y con brusquedad enfermiza quite totalmente la manta y vi a la última de las ancianas yaciendo ahí… tenía los miembros superiores totalmente quebrados y el abdomen carcomido y pensé, ¿Qué tipo de golpe generaría tal herida? Pero volviendo a observar, noté que de esta camilla a la puerta del mueble que se había cerrado había un reguero de sangre y algún otro tipo de fluido que se pudiese haber desprendido del cuerpo. Con todas las camillas revisadas y en contra de mi voluntad me encaminé a la pequeña puerta del bajo mesada… Tembloroso y espasmódico me arrodillé y tiré de la pequeña manija. El hedor que salió del interior golpeó mis fosas nasales y me generó arcadas de asco, pero ver a aquello masticando depravadamente las entrañas de la anciana me hizo retroceder de golpe y chocar mi nuca contra la camilla que tenía detrás, el terrible golpe que me di me cortó el cuero cabelludo y al palparme la cabeza noté calor y sangre que salía de la herida. Sentado de frente a eso, noté que dejó de comer y que me observaba, ladeando su desgarbada cabeza lado a lado y sus fosas nasales aspirando profundamente el aire, como si me estuviese oliendo. Con gran temor vi como ese ser horrendo salía del mueble y lentamente me acechaba… Con su rostro frente al mío y entregado a mi incierto final recuerdo que llorando le dije, “Gabriel no lo hagas…”
Dos meses después me desperté de un coma inducido y como una cascada estrepitosa todos los recuerdos afloraron sin piedad en mi mente. Mi primera reacción fue de negación, pero al quitar la manta que cubría mi cuerpo supe que aquello fue real. Tenía el abdomen con incontables puntos y laceraciones y donde debía estar mi pierna derecha sólo había vació…

Cuando el enfermero acudió a mis controles diarios, le dije que el Dr. Gabriel me había hecho esto, pero el enfermero me dijo que era imposible, ya que esa misma noche encontraron a Gabriel muerto a mi lado o más bien a lo que quedaba de él… Lo que hallaron en ese inmundo lugar fue su piel, retazos de su carne y su rostro, pero nada más, no había esqueleto ni órganos solo eso, una inefable máscara de carne.

FIN

By: Ariel el Morador

Imagen: Immortality2 by Chenthooran

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